dimarts, 7 d’abril del 2020

Maldito Coronavirus

Mi padre falleció hace exactamente una semana a causa del #coronavirus. Mi mujer trabaja en una empresa de servicios financieros. Estas dos frases, aparentemente inconexas, tienen mucha relación para explicar cómo me siento.


Hace exactamente 3 semanas recibí la llamada telefónica de mi padre, aparentemente asustado. Se había puesto el termómetro, y marcaba 38ºC. Dado sus antecedentes médicos y las noticias que se iban sucediendo, lo llevé corriendo al hospital, con miedo, mucho miedo. Dos días después se confirmaba lo que no queríamos, había contraído ese maldito bicho, y le había provocado una neumonía severa. Era un hombre duro, forjado durante los últimos 22 años en mil y una batallas médicas de las que siempre salía airoso. Pero sabíamos que para esta batalla ya llegaba justo, muy justo. Los siguientes días fueron minando nuestra moral. Cada llamada del equipo médico nos confirmaba que cada vez iba peor, aunque hablando con él nos decía que estaba bien. Nos llegó a decir que es 3-4 días él creía que se iba a casa. Pero nunca sucedió eso. Al final, el día 31 de marzo falleció, después de una dura lucha, ya que se resistió. Quería vivir. Todavía le quedaban cosas por hacer, y vivencias que adquirir.

13 días ingresado en el hospital sólo. Gracias a la tecnología pudimos tener contacto hasta que sus fuerzas menguaron. Cuando llegó el fallecimiento, el derrumbe en casa fue total. Mi hija se derrumbó. Pero sobre todo mi madre, a la que me había traído a casa para que no pasara sola este trago. 50 años de su vida compartida con el mismo hombre, y en los últimos 13 días de su vida, no pudo estar con él. 50 años de su vida compartida con el mismo hombre, y no ha podido velarlo. 50 años de su vida compartida con el mismo hombre, y no ha podido asistir a su entierro. Desgraciadamente, esta historia no es una excepción. Desgraciadamente, esta historia es una más entre las múltiples cifras que nos golpean cada día las noticias. Desgraciadamente, yo lo he vivido en primera persona. Pero, sobre todo, desgraciadamente, mi madre lo ha vivido en primera persona. A la funeraria le pedí, le rogué, que pudiéramos asistir mi madre, mi hermano y yo al entierro, pero desde Sanidad se había cambiado el protocolo, y todas las víctimas de #covid19 debían ser incineradas o enterradas en la más absoluta soledad. Triste y cruel. Demasiado cruel para alguien como él y como ella. Al final, demasiado cruel para todas las cifras que nos indican en las noticias.
En medio de toda esta vorágine, mi mujer, a la cuál quería mucho mi padre, y la que también lo quería mucho a él, tiene que ir a trabajar presencialmente. Trabaja en una empresa de servicios financieros y, todo y que la empresa para la que trabaja ha hecho un esfuerzo sobrehumano para que la gente pueda trabajar desde casa, 1 persona de su departamento tiene que estar presencialmente en la oficina, por si va algún cliente. Lo han hecho de manera rotativa, y esta semana le toca ir a mi mujer. Ella, tiene carnet de conducir hace ya muchos años. Pero hace ya más de 8 años que no conduce. Le da miedo. Por el simple hecho de tener carnet, yo no puedo llevarla en coche a trabajar. Así que, con esta situación, tiene que coger 3 metros para ir y 3 metros para volver, cada día.

Y esta mañana, en medio de uno de sus largos llantos mi madre me ha hecho una pregunta, a la que no he sabido responder: ¿Por qué yo no he podido ir al entierro de tu padre, pero tu mujer sí puede coger 3 metros cada día para ir a trabajar? ¿Había más riesgo en la asistencia mía al entierro de tu padre, que ella coja 6 metros cada día?
Sinceramente, no he sabido responder. Eso sí, me ha dado para hacer una reflexión: Esta pandemia es una crisis humanitaria de grandes volúmenes, y creo que los países lo están gestionando de la mejor manera que saben y pueden. Aunque, precisamente, creo que lo que peor se está gestionando es lo humanitario. Para mi ya es tarde. Para mi madre ya es tarde. Pero creo que los dirigentes deberían establecer unos protocolos para que esas cifras de muertes que nos golpean cada día, y que tras cada una de ellas hay familias, tengan una marcha más digna, menos cruel.

Antes de despedirme, quiero agradecer públicamente el trabajo de tod@s l@s sanitari@s. Se están dejando la piel. Cuando todo esto acabe llegará el momento de agradecérselo como debemos, más allá de aplaudir a las 20h de cada día. Pero me gustaría nombrar a 2 personas del Hospital Germans Trias i Pujol de Badalona: la Dra. Carme Noguera, que era la persona encargada de llamarnos telefónicamente para darnos el parte médico. Lo hizo con delicadeza y con empatía. Se agradecía mucho en esos momentos. Y, sobre todo, quiero agradecer públicamente a Fina Lozano Gómez, una enfermera de la UCI de Urgencias que, sin conocernos de nada, ni siquiera ser la enfermera de mi padre, subió a la octava planta, entró a la habitación de mi padre 2 días antes de su fallecimiento, y nos hizo una videollamada para que pudiéramos verlo y que él pudiera escucharnos. Puso en riesgo su vida y la de sus familiares para paliar el dolor de una familia a la que ni conocía. Nuestr@s sanitari@s están demostrando estar a un nivel humano al que nuestr@s polític@s no llegan, ni llegarán. A éstos, les pido una reflexión, para que otros, aunque no podamos evitar su marcha, si consigamos que ésta no sea tan cruel.